Francisco (Patxi) Javier Sádaba Guillén – Misionero siempre

Patxi SádabaEstamos en el año de San José. Yo creo que Patxi Sábada ha sido un aventajado discípulo del patriarca de Nazareth. Patxi ha sido una persona que ha estado en un segundo puesto muchas veces, sin hacer ruido ni alardes, mucho menos, presumir o hacer valer sus cualidades y destrezas. Donde le enviaban sus superiores, muy pronto iba acaparando tareas y encomiendas, dado su talante servicial, disponible y atento a las necesidades. En todas las comunidades donde estuvo: parroquias, colegios o casas formativas su perfil emergía muy pronto: servicial, discreto, atento al hermano, intuitivo, con un sentido del humor cargado de una inocente ironía que no molestaba a nadie, pero que mostraba su agudeza y perspicacia. Una persona, por otra parte, muy sensible y con una profunda capacidad para encajar los zarpazos de la vida con gran dignidad. Tal vez, por eso, podía tender a un cierto disimulado desánimo interior cuando las cosas se torcían durante tiempo. Honesto y buscador siempre de lo mejor al menor costo humano y económico. Quizás, por eso, siempre fue ecónomo o administrador de la comunidad a la que iba. De su familia aprendió a querer y servir a la iglesia; el sentido de pertenencia eclesial fue un rasgo que definía a sus padres, hermanos, e incluso, sobrinos. Esto hizo que su familia se prodigara en donativos, apoyos y cercanía a las misiones y al llamado “tercer mundo”. Ante la adversidad o las dificultades, emergía un silencio respetuoso que se traducía, tras un paréntesis de reflexión, en palabras y gestos de apoyo, siempre discretos, pero efectivos. Fue un hermano al que todos querían tenerlo en su comunidad y, por supuesto, sin enemigos. Nunca tuvo gran fortaleza física, pero supo cuidarse y cuidar a los demás para no ser gravoso a nadie. Así he visto a Patxi Sádaba en los muchos años en que he estado cerca de él o con él.

En la provincia de Euskal Herria trabajó, como ya queda dicho, en colegios, parroquias y en casas de formación. En los colegios apoyó en los cursos de primaria y en tareas administrativas. En las parroquias, aunque no ejerciera de párroco, siempre era una persona con la que había que contar, pues valía para atender “bien sea un roto o un descosido”. Era un todo terreno. En la formación, tanto en el noviciado como en el teologado, su aporte y presencia siempre era significativo y valorado. Su saber estar, su gracejo y su toque de humor rebajaban los malestares y quebraban las tensiones. Su espíritu solidario y generoso, heredado de su familia, lo cultivó durante toda su vida. Por eso, su llegada a Perú fue una bendición para la curia provincial. Estoy seguro que el P. Juan Carlos podría abundar y concretar los muchos servicios prestados y su gran disponibilidad. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que su espíritu, como el de Claret, era para todo el mundo y para todas las gentes. Siempre tuvo una mirada universal y fue muy querendón de la congregación. Por eso, siempre fue misionero. Ahora compartimos la pena, el dolor y la tristeza que nos aflige a todos por su partida. Como tantos otros, sobre todo en Perú, ha sucumbido a este temido virus Covid 19, que tanto dolor y muerte ha sembrado en el mundo.

Son muchos los momentos y los recuerdos que he tenido la suerte de compartir con Patxi. Ahora me cuesta aceptar este desenlace que ha acabado con su vida. Como decía en otro escrito, igual que los de Emaús, nosotros esperábamos, albergábamos la esperanza… de que podría superar esta prueba, pero no ha sido así. Nos costaba aceptar que su vida pudiera acabar así, sin poderse despedir o rezar junto a su comunidad un último padrenuestro con el que cerrar una vida de entrega y servicio. Ha muerto lejos de su familia a la que tanto quería y que tanto le quería a él; lejos de su añorada Navarra, pero cerca del corazón de todos los que le han conocido. Han sido 50 años de ministerio sacerdotal, toda una vida, aunque su cara y talante nunca fueron los de una persona mayor. Todos los hermanos de comunidad son dones para nosotros, pero Patxi fue una gracia, tal vez, no suficientemente agradecida por las comunidades y personas que se cruzaron en su vida religiosa. Ahora que lo hemos perdido, somos más conscientes de su valía y de la necesidad que teníamos de él.  Quizás el aprecio a su persona, a su familia y a la trayectoria de su vida no me dejan ser imparcial, pero decir otra cosa, sería traicionar su memoria.  Gracias, Patxi, por tu presencia, por tu vida, por tu vocación claretiana, por tu trabajo, siempre minucioso y atento. Servidor bueno y fiel, Dios premie tanto bien sembrado en esta vida de forma silenciosa y anónima, pero eficaz. Hemos perdido un gran misionero, confío hayamos ganado un gran intercesor en el cielo. Descansa en paz.

Mikel Burgos, cmf