Borrar las fronteras jugando: un pasaporte hacia la diversidad

Hay tardes en las que el asfalto de nuestras plazas deja de ser gris para teñirse de mil colores. Eso fue exactamente lo que ocurrió el pasado viernes, 29 de mayo, en Errenteria. En el marco de la XI edición del festival ‘Errenterian 11 Kolore‘ —la fiesta que del 20 al 30 de mayo celebra que la diversidad es nuestra mayor riqueza—, desde Proclade Yanapay propusimos una actividad sencilla que busca demostrar que el juego es el único lenguaje universal que no necesita traducción. ¿La propuesta? «Munduko Jolassak – Juegos del Mundo«, una actividad que intentará abrirse espacio en otros lugares.

La premisa era tan sencilla como revolucionaria: viajar jugando y jugar viajando. Entre las 17:30 y las 18:30 horas, la Plaza de los Fueros (Foru Plaza) de Errenteria se convirtió en un puerto de embarque. Una treintena de niñas y niños de entre 6 y 12 años —junto a las y los más pequeños, que disfrutaban a su ritmo en una zona de «estilo libre» con juegos de madera— hicieron fila en la mesa de recepción. Allí no se pedían visados ni certificados de origen; a cada pequeña y pequeño viajero se le entregaba un pasaporte en blanco. El primer juego consistía en mirarse hacia dentro: escribir su nombre y dibujar su propio autorretrato en el recuadro de la fotografía. Con la tinta de su propia identidad aún fresca, el viaje comenzó.

Ocho estaciones, un solo planeta

Repartidas por el espacio, ocho mesas custodiaban ocho pedazos de la historia lúdica de la humanidad. Al frente de cada una, un equipo de cinco personas voluntarias esperaba a las viajeras y viajeros con una historia en los labios. Porque en este festival, ganar o perder era lo de menos; lo importante era escuchar el relato antes de lanzar la primera pieza.

Las niñas y niños desafiaron a la gravedad con el Bamboleo de Luxemburgo; probaron el azar rioplatense de la Generala argentina; desarmaron la geometría milenaria del Tangram chino y ejercitaron la paciencia matemática de las Torres de Hanoi, venidas de la India. Hubo tiempo para buscar las conexiones invisibles del Memory suizo, la velocidad visual del Dobble y el ritmo frenético del Passe Trappe francés.

Uno de los grandes imanes de la tarde fue, sin duda, la torre de madera del Jenga. Allí, las personas voluntarias explicaban que, aunque el juego fue patentado en Inglaterra por Leslie Scott, su alma es africana: su nombre proviene del verbo suajili , que significa, literalmente, construir. Y eso hacían las manos de las pequeñas y pequeños en Errenteria: construir comunidad.

El viaje sumó una emotividad profunda gracias a dos voluntarias, una originaria de Ucrania y otra de Perú. Ellas no hablaron de instrucciones de fábrica, sino de memoria viva. Con los ojos brillantes, explicaron a las pequeñas de la audiencia los juegos típicos que poblaban sus infancias cuando estaban al otro lado del mapa. El juego se transformó entonces en un abrazo intergeneracional y transoceánico. Tras cada partida, sin importar el marcador, el pasaporte recibía el sello del país visitado.

La mesa de la paradoja: Cuando jugar pasa de derecho a privilegio

Sin embargo, el corazón pedagógico de la jornada latía en el centro de la plaza, donde se instaló un espejo incómodo pero necesario. Allí se ubicó una mesa de juguetes aún en sus cajas de cartón; llamaban la atención, pero estaban blindados. Una cinta de precaución la rodeaba por completo y carteles en varios idiomas lanzaban un mensaje cortante: «PROHIBIDO JUGAR«.

Al terminar la hora de viaje, con los pasaportes cargados de sellos y sonrisas, el grupo de niñas, niños y algunas personas adultas curiosas se congregó alrededor de esta paradoja visual. Fue el momento de la reflexión final, el instante donde el juego se hizo conciencia. Se buscaba abordar el tema del Derecho a la Infancia y al Juego.

La cinta de precaución sirvió para que quienes participaron entendieran, desde la empatía pura, la realidad de miles de niños y niñas que en este mismo instante, en otros lugares del mundo, no pueden jugar debido a los contextos bélicos y armados que asolan sus tierras, o porque la pobreza extrema les ha cambiado los juguetes por herramientas de trabajo.

La tarde se cerró con alegría, sin incidentes y con la certeza de que el espacio público muta cuando se llena de dinámicas con sentido. La experiencia de Errenteria no se queda aquí; ya se dibuja en el horizonte como una metodología viva lista para ser replicada, demostrando que, frente a las fronteras que dividen al mundo, la infancia siempre elegirá kujenga: construir puentes.